Perros sí, emigrantes fuera
Marcos Roitman
La Jornada
¡Por favor, léanme! Lo cuento más o menos como fue presentado en televisión. Verano de 2005, tras 12 horas de vuelo, el avión procedente de Chile posa el morro sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de Barcelona. Un vuelo normal. En esta ocasión un drama debía unir a dos hermanas. Hace más de una década la mayor probó suerte y se trasladó a España, hoy sufre leucemia. Separada y con dos hijas menores, se está muriendo.
No llega a cumplir 50 años, se siente fuerte y con deseos de luchar. Pero su vida se agota, está obligada a tomar decisiones. Entre sesión y sesión de quimioterapia, sus médicos le aconsejan poner orden en su vida. El futuro de sus hijas no depende sólo de ella, como madre no puede postergar una opción que compromete a terceros. Poderes legales, trámites, herencias. Debe comunicar la situación. Escribe a su hermana y le cuenta la mala nueva. Quien posee lazos de sangre, y además afectos, no lo duda. Con el tiempo en contra hace maletas y viaja en compañía de su mascota, un perro. La desgracia: el perro pudo entrar; su dueña es expatriada. Eso sí, gracias a la gestión de una cadena de televisión privada, la historia tendrá meses después un final feliz. Así comienza un reality show en hora de máxima audiencia. Su finalidad: transformar la arbitrariedad de los agentes de migración en una acción humanitaria carente de crítica a las autoridades competentes. La moraleja: "ciudadanos: aún nos queda la televisión".
Amigos de las víctimas, y al parecer las propias afectadas, cansadas por la arbitrariedad y hartas de no recibir respuesta de autoridades e instituciones oficiales, y con un perro en Barcelona y su dueña sin poder ayudar a su hermana con la leucemia comiéndole la vida, escribieron una carta contando el desaguisado. Una tragedia humana, un problema legal. La cadena de televisión vio culebrón y se puso en contacto con las protagonistas. Tienen poder, pueden revertir la injusticia, la hermana podría superar las trabas y viajar a Barcelona, todo por costo de la empresa. Los productores de la cadena saben lo que es un reality show: buscan descontextualizar los hechos y proponen un relato marcado por el llanto y la muerte. Se ocultan las ilegalidades que impidieron el primer encuentro entre las hermanas. Por el contrario, ponen el acento en la labor humanitaria de su cadena y hablan de la capacidad de gestión para superar barreras. De tal manera que los obstáculos desaparecen y todo es color de rosa. Para el espectador la historia cobra el dramatismo de los protagonistas y el sufrimiento de una moribunda. Así, controlan los tiempos entre publicidad y publicidad. Primero aparece el perro meneando la cola, y en cuanto es recibido por su dueña la lame, se sube en sus faldas, en fin, alegría contenida durante dos meses. A continuación, una hermana, posteriormente la otra, quien padece leucemia emerge en un video contando la historia, más adelante los amigos; todo cuidadosamente estudiado, nada es dejado al azar. Las declaraciones y el rencuentro se arropan en un estudio semioscuro con los aplausos de un público en foro preparado a los efectos del directo. La presentadora -una periodista de éxito en programas de concurso- abraza a la protagonista y se solidariza hasta soltar lágrimas. La muerte de un ser humano es motivo de congoja. La audiencia crece. El relato continúa por estos derroteros, ni una denuncia a las autoridades de emigración. Ni una crítica a la policía de aduanas. La presentadora sigue el guión. Las víctimas del desaguisado, las hermanas, se rencuentran gracias a las buenas gestiones de todos los colaboradores del programa. Ellas dan gracias a sus mentores, a sus amigos, a sus compañeros y, sobre todo, a la cadena privada. La presentadora sufre un ataque de gozo contenido. Delgada y sin muchos kilos, engorda hasta ocupar toda la pantalla.








