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Vamos a publicar por entregas, dada su extensión un interesante artículo acerca del falaz lenguaje económico con que nos venden lo invendible.

Es frecuente que los seres humanos realicen acciones sin conocer su trasfondo. El hecho de que alguien haga algo no demuestra que sepa lo que hace. La particularidad de realizar un designio sin conocerlo se suele atribuir a las máquinas. El automóvil lleva a un destino sin tener conciencia del mismo. Es conducido a él. Pero, como dice E. Rauter, el hecho de que nos comportemos como máquinas sólo es raro en apariencia[1].

Así, hablar es un de las acciones humanas más frecuentes. La mayoría de los enunciados de la gente son falsos. El reclamo de la Banca propaga, por ejemplo, la afirmación “Ponga su dinero a trabajar con nosotros”. Y muchos trabajadores dicen también “El dinero trabaja”, aunque son ellos quienes lo hacen y no el dinero. Obreros y empleados repiten lo que han oído, ¿de dónde sacan estas ideas que ponen el mundo patas arriba?

Los profesores de economía afirman lo mismo en las escuelas y universidades desde hace muchos años. Dicen que la tierra, el capital, el trabajo y la publicidad comercial son factores de producción.

Pero el capital no hace nada, ni la tierra, ni el trabajo, ni mucho menos la publicidad comercial. Lo hacen los trabajadores, empleados y algunos empresarios. ¿A qué se debe entonces la persistencia de estas tergiversaciones, de estos falsos enunciados? Tal vez al efecto de esta forma de presentar la producción, a saber: que los trabajadores y empleados consideran el capital como algo más importante que ellos mismos, a pesar de que son ellos quienes crean el capital. Esta modestia es el efecto. Es una cualidad de los esclavos

El mundo empresarial consideró que la democracia había ido demasiado lejos en la década de 1960 y 1970. Baste recordar las revueltas universitarias contra la guerra de Vietnam en los EEUU, el mayo francés del 68 o el posterior junio de Berlín. Había que contrarrestar estos movimientos con campañas de propaganda directa o indirecta, influir en el contenido de las ideas académicas. Las subvenciones a la investigación aumentaron considerablemente. Pero este dinero adquirió un claro tinte ideológico con la creación de cátedras universitarias denominadas de “libre empresa”. Su función consistía en invertir la tendencia antiempresarial dominante.

Numerosas fundaciones e institutos, como el American Enterprise Institute, grupos de expertos cooptados, los llamados tanques pensantes, dedicaron sus esfuerzos a la preparación y difusión de material educativo, programas de televisión, control ideológico de los medios, etc. Resumiendo mucho, estos recursos y esfuerzos culminaron poco después en la relación “universidad-empresa”. Esta creación sometió la teoría económica a los intereses de las empresas, contaminándola. Las investigaciones se orientaron entonces al interés particular y no al general.

En los 80, con Reagan y la Tatcher, se impuso el denominado neoliberalismo, la desregulación y privatización de lo público. Se institucionalizó la apología del militarismo, sin entrar para nada en el análisis de los efectos del gasto militar en la inflación y la productividad. El paro se justificaba como “voluntario”, como “tiempo de búsqueda de trabajo” por los trabajadores. Los controles medioambientales son improcedentes por sus elevados costes. Los economistas ignoran u ocultan sus beneficios sociales, incluido el de la salud de la población. Quienes expresan opiniones acordes con los intereses de las empresas reciben dinero abundante y disponen de todos los medios que deseen para publicar sus opiniones.